Elsa Punset, hija del afamado Eduard Punset y autora de libros tan admirados y leídos como Brújula para navegantes emocionales (2008), Inocencia radical (2009), Una mochila para el universo (2012) y el Libro de las pequeñas revoluciones (2016), nos muestra en este artículo cómo porotegernos del contagio de las emociones negativas.

 

Decía Maya Angelou: “Mi misión en la vida no es solo sobrevivir, sino vivir lo más plenamente posible, y hacerlo con un poco de pasión, un poco de compasión, un poco de humor y algo de estilo”. ¡Vivir y existir no es lo mismo! Y vivir es sin duda un reto mucho más divertido y entretenido que simplemente existir… Para ayudarnos a ello, es necesario aprender a gestionar emociones negativas como la rabia, la ira, la envidia o el deseo de venganza, que son como un veneno para el cuerpo y la mente.

 

Comprender las emociones no es tan complicado. Y lo explico en mi libro Una mochila para el universo, donde hice una recopilación de las principales rutas que nos ayudan a gestionar la relación entre el cuerpo y la mente y a contrarrestar la tendencia innata de nuestro cerebro a la supervivencia miedosa y desconfiada. Recojo algunos de esos consejos prácticos en este artículo para acompañar a los lectores de Dietética y Salud a comprender por qué las emociones negativas ocupan un lugar tan desproporcionadamente importante “gracias” a nuestro cerebro programado para sobrevivir…

 

Qué son

Las emociones son el resultado de cómo experimentamos, física y mentalmente, la interacción entre nuestro mundo interno y el externo. Son importantes porque modulan cada uno de nuestros gestos, anhelos, deseos y motivaciones y nos empujan a resolver problemas, crear, descubrir, odiar o destruir. Las emociones se expresan a través de comportamientos, expresiones de sentimiento y cambios fisiológicos.

En los primeros 6 o 7 años de vida, los humanos conformamos los grandes patrones emocionales que dictan cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo vemos a los demás. Grabamos en nuestras mentes si somos dignos de ser amados y si resulta seguro sentir curiosidad por el mundo que nos espera. Nuestras primeras experiencias con el amor y con la curiosidad empezarán a conformar patrones de respuestas automáticas en función de cómo nos tratan cuando somos pequeños, y arrastraremos esos patrones o respuestas automáticas el resto de nuestras vidas. Modificar esos patrones en la edad adulta exigirá descifrarlos de forma lenta, consciente y deliberada.

Estamos programados para contagiarnos emociones, para aprender y para sobrevivir. La presión social es capaz de cambiar y moldear nuestras decisiones porque el cerebro nos alerta cuando pensamos como los demás y nos recompensa. Además, las emociones más intensas, como el desprecio, la ira o la tristeza, se contagian como un virus, porque son las emociones que el cerebro cree que más pueden ayudarnos a sobrevivir.

 

La balanza del amor y el miedo

¿Cómo evitar comportamientos dañinos y una gestión emocional deficiente y destructiva? Primero, tenemos que ser conscientes de qué es lo que pesa más en nuestra balanza de equilibrio: ¿el amor o el miedo?

  • En la balanza del miedo se colocan las emociones que nos ayudan a sobrevivir en un mundo del que desconfiamos: renuncias, rechazos, desprecios, codicia, ataques, agresividad, desconfianza, palabras hirientes, falta de iniciativa, huidas y reproches. Son las que nos arrastran a comportamientos, pensamientos y palabras cuyo impacto puede ser muy destructivo, tanto que necesitamos aprender y enseñar a nuestros hijos a gestionarlos.
  • En la balanza del amor que fomenta comportamientos que tienen que ver con el afecto, colocamos la compasión y la curiosidad, y refleja emociones que tienden a la transparencia y a la colaboración. Cuando nos dejamos llevar por las emociones más reactivas (ira, desprecio, envidia o venganza), emprendemos un camino resbaladizo que nos empuja hacia abajo y nos enferma. Pero cuando comprendemos y reconocemos las señales de las fuerzas que nos arrastran, pasamos de ser esclavos a ser dueños de nuestras emociones.

 

Vivir sin miedo

El miedo es una emoción primitiva que nos condiciona hasta límites insospechados porque actúa sobre la parte más emocional e irresistible del cerebro, que nos avisa de que puede haber peligro y actúa como un guardaespaldas que nos mantiene con vida. Pero hay que aprender a reconocerlo y a gestionarlo. Es una alarma muy antigua que llevamos programada en el cerebro y que nos ayudó a sobrevivir cuando el mundo estaba lleno de peligros. Pero ahora no podemos vivir con la alarma puesta 24 horas. El miedo nos tiene que proteger, pero no nos tiene que limitar. No se puede vivir con miedo.

 

Las emociones negativas

La tristeza, el desprecio o la ira son emociones negativas que no son ni buenas ni malas; tienen una razón evolutiva y todo depende del uso que hagamos de ellas. Igual que el miedo puede ser útil cuando nos hace reaccionar ante un peligro, la ira puede ser el germen de la justicia social y darnos alas para defender aquello en lo que creemos. Por tanto, no se trata de anular esas emociones “negativas”, sino de aprender a gestionarlas de tal forma que su fuerza no sea arrolladora y puedan expresarse a medida de lo que necesitamos para resolver un conflicto de forma constructiva.

 

Entrena tu mente para pensar en positivo

Como el cerebro está programado para sobrevivir, para fijarse en lo amenazante, puede acabar obsesionado con las situaciones tristes y con menos capacidad para percibir las realidades positivas que le rodean. Podemos equilibrar esa manía persecutoria del cerebro haciendo un ejercicio: al empezar o terminar el día, durante 2 semanas, piensa en 10 cosas buenas que te han ocurrido, pero que te han pasado desapercibidas.

 

Protégete del contagio de las emociones negativas:

  • Escucha las emociones, pero no bailes siempre con su música. Filtra el contagio emocional de forma consciente. Recupera la libertad a la hora de sentir y pensar.
  • Exagera los activadores del buen humor: come chocolate, haz deporte, sal a bailar…
  • Elimina o limita lo que te desgasta: la crítica interna, las personas amargadas, las luchas de poder, todo lo que supone perder tiempo y energía y reemplázalo con situaciones y personas positivas.
  • Concéntrate en lo que haces bien y en lo que te hace sentir bien. Busca metas claras que te den sentido y alegría. Pasa tiempo con personas positivas, ya que sus emociones también son contagiosas.
  • No contamines a los demás, y antes de enviar un correo desagradable o de decir algo negativo, piénsalo. ¡Reparte contagio positivo!

Qué hace tu cerebro cuando te enfadas

Cuando nos enfadamos, estamos siendo víctimas de un secuestro, rehenes de una respuesta automática, ya que la parte más emocional del cerebro actúa como un guardián que tiene el poder de secuestrar al resto de la mente más racional en un milisegundo. Cuando nos sentimos amenazados o disgustados, reaccionamos de forma irracional y, posiblemente, destructiva, porque es la parte del cerebro más primitiva, diseñada para sobrevivir y no para tomar decisiones complejas, la que domina. Pero si reaccionamos de forma exagerada ante un peligro emocional como si fuera un peligro físico real, eso nos puede arruinar la vida. Muchas emociones negativas están escondidas en la parte más oculta de la mente, y cuando se despiertan, nos dejamos llevar por la frustración, la decepción, la ira, la tristeza, el desprecio o los sentimientos heridos.

Estos tres indicios te permitirán saber si te estás dejando secuestrar por la amígdala, la parte más emocional de nuestro cerebro, y si estás a punto de exagerar tu reacción:

  • Sientes una reacción emocional muy fuerte.
  • Todo es muy rápido y se te escapa de las manos
  • Intuyes que después del secuestro emocional, te darás cuenta de que la reacción no era apropiada, que era desmesurada.

 

Cómo evitar el secuestro emocional

  • El segundo mágico: la neurociencia revela que tenemos un segundo mágico durante el cual podemos rechazar un impulso emocional destructivo. Si logras detectar las señales del enfado antes de que se produzca, podrás controlar los automatismos emocionales que te secuestran.
  • Ponerle nombre a los sentimientos, identificar y nombrar los sentimientos negativos, diciendo, por ejemplo, “Estoy muy enfadada por lo que me hicieron el año pasado”, etc., nos ayuda a reducir su intensidad y devuelve poder de decisión a la parte más racional de la mente.
  • “¿Esto será importante dentro de 5 años?” Hacernos esta pregunta, respirando lentamente antes de seguir hablando, permite ganar tiempo y tranquilizar nuestra amígdala.

 

¿Y si ya has explotado?

Cuando el enfado ya nos ha secuestrado, hay que intentar recuperar la calma lo antes posible. Aunque no es fácil, ya que el cóctel de hormonas estresantes que se forman durante el enfado nos impide calmarnos fácilmente. Pero hay formas inteligentes de ayudar al cuerpo y a la mente a gestionar el deseo de venganza.

 

Qué hacer para aliviar el deseo de venganza

  1. Respira hondo, centra tu atención en la respiración desde el vientre (eso ya genera la segregación de más serotonina y endorfinas, las hormonas que te hacen sentir mejor) e imagínate una señal gigante de STOP mientras piensas en las consecuencias a medio y largo plazo de la venganza.
  2. Para y piensa en el daño que le estás haciendo a tu cuerpo, ya que un pensamiento negativo debilita tu sistema inmunitario durante 6 horas, durante las cuales no vas a razonar bien ni a tomar buenas decisiones, ya que llega menos riego sanguíneo a tu cerebro.
  3. No te ofusques con la idea de la búsqueda de la justicia, viviendo continuamente amargado y enfadado y comparándote con los demás. Entre justicia y felicidad, elige aquello que te produce felicidad a ti y a los otros.
  4. Ponte en la piel de la otra persona, pregúntate si quería hacerte daño o si, en realidad, solo se estaba defendiendo. La mayoría de la gente no hace daño por ensañarse con los demás, sino porque cree que se está defendiendo. Esto te ayudará a superar una parte de tu deseo de venganza.
  5. Desahógate de forma constructiva, y ve a correr o al gimnasio, por ejemplo. Pero no te desahogues rompiendo algo o haciendo otra cosa semejante, ya que eso reforzará un comportamiento destructivo que no te hará feliz.

 

Programados para cambiar

La plasticidad de nuestro cerebro nos permite cambiar de hábitos, pensamientos y comportamientos. El cambio mental requiere un esfuerzo, igual que el cambio físico. Es cuestión de entrenamiento. Colaborar con otras personas, hablar del pasado y de los modelos mentales que nos han instaurado desde niños, aprender cosas nuevas, consolidar los cambios y aprendizajes durante el sueño, etc., son buenas estrategias para desaprender comportamientos.

 

Maneras prácticas de cambiar:

  • Cambia tu guión familiar: en la próxima reunión familiar deja de hacer lo que solías hacer siempre.
  • Cambia de entorno (amigos, casa, aficiones, trabajo, barrio, rutinas), ya que es difícil cambiar comportamientos en el mismo medio donde se han formado.
  • Haz algo distinto cada día: cambia la ruta para ir a trabajar, el lugar donde vas a comprar, el sitio donde te sientas, etc.

 

Sonríe, aunque no tengas ganas

El poder del gesto sobre la emoción. Si sonríes, aunque estés triste por dentro, serás un poco más feliz y la tristeza se desvanecerá antes. Si relajas la cara cuando haces un gran esfuerzo, tu cuerpo sufrirá menos. Cuanto más desafías tu tendencia a la negatividad, reforzando tu visión positiva, mejor te sientes y mejor haces sentir a los demás.

Cuando sonríes, el cuerpo entiende que no estás en peligro, y hasta puedes sentir menos dolor físico. La risa fomenta la colaboración y la coherencia social porque une a las personas, las entretiene y las incita a colaborar. También potencia la creatividad.

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